Wednesday, June 18, 2008

El lugar de lo hallado y el ensueño


Quiebra la faz vidriosa de una parte de este encuentro, y la cadenciosa gota del ensueño visita y sacude la piel, asciende y se multiplica para luego explotar generando destellos al unísono dentro de cada línea de la realidad. Parece mimbre brillante el vaho que pausadamente se arropa con desnates insolentes y exuberantes, mimbre de otoño que al fundirse de otros, da sabor y aliña el caldo de todos los epítetos que invocan la locura de los pasajes de vapor, de los árboles que guiñen su embrujo y también de las puertas que se expanden para dejar entrar la niñez conmutada por una visión que atraviesa nuestras manos haciéndolas de papel, espuma y cielos líquidos que siempre proponen entrar al que sólo ofrece entrar.

Un aroma irremediablemente familiar hace cambiar la estructura de lo que antes era comprendido como fragor desierto, nos sentimos otros y un aliento texturado por auroras iridiscentes despierta las entrañas y remueve las hojas pegadas de un libro en desuso. Un anaquel tan lleno de significado y tan perdido por causa de aparentes siglos de emociones sedientas y pensamientos de combustión rápida y digestión lenta aparece sin capricho alguno sobre la vista de la partida. Un cerrar los ojos nada más, un breve chasquido de los dedos de mimbre para comprimir la experiencia en una microcósmica esfera de vida, en un arte de volantines que aparece oscuro y desafiante en un principio, pero que el temblor y precipicio lo olvidan desnudando todo concierto para denostar el abanico de mareas subyacentes que no tuvieron oportunidad distinta a la de dirigirse silenciosamente al corazón de la elegida soledad de las dimensiones. No la tuvieron razón del azar, su receptáculo vaciado de sentidos y direcciones fantasmas ya no permitía opciones diferentes a la de hacer y seguir el pálpito de nadie y hacer nuevamente juego de las flexiones. ¿Acaso alguna vez no fue familiar?

Lo recogido en este presente está aquí mismo, abrazando todo lo que la mente no ha de entender ni menos controlar, es una sonrisa saber sin saber, el lugar de lo hallado y el ensueño frente a ti y a mi, visitándonos de día y de noche, derramando todas las preguntas, las confusiones y los gestos de contorsión . En nosotros el teatro mágico y el sigilo de los movimientos multicromáticos que le dan el giro y el tinte de vértigo a este carrusel que nos transporta a lo infinito, en ese y en aquel lugar estamos andando, en el que siempre fue de todos, en el que siempre fue andar donde hubiera que hacerlo. Acordar y acordarnos fue sólo tarea de ver la luna besando los ojos del serpenteante movimiento de las olas de energía que aún fulguran para presentarse y dar a conocer las formas y colores predilectos que adornarían las morada de una nave; acordar, es aún silencio de contemplar los maderos rotos de antigua imagen que perece junto al sudor convertido en grito y lágrima de lo imposible, son los cuerpos viéndose caer y desvanecer sus ropas junto a los intentos de salida que hicieron respirar la memoria por primera vez. Lo encontrado no es más que este lugar donde estamos comenzando a nacer, no es más lejano que el cuerpo que se transforma y se desdobla mientras las horas de nadie pasan convirtiendo el aire frío en un lento y espaciado canto que pasa con espíritu vivo para conocer la marca de su propia muerte, el epicentro donde se sembró el cortar las amarras, un presente atrás donde sin saberlo éramos nosotros mismos quieres rompíamos todos los límites de la percepción y quebrábamos todo simulacro de realidad.

Ahora estamos ahí mismo, tan aquí como aquí.

Sunday, April 13, 2008

Entrañable melodía


Sumergida en túnel de planetas y desafiada por el alba está girando tu silueta de vapor. Tañida eternamente sobre el compás de las figuras de plata, la sospecha del áurea se desviste con suavidad para entregar un primer aliento al fulgor, y con la estrella que se asoma desde su nariz, apunta una evocación premonitora al instinto del inminente corazón.

Sutilmente tu ombligo alcanza la palabra, esparce su seda sobre el rumor de los ecos y sugiere una estrofa de pálidos vientos que nos empujan lenta e inevitablemente al dulce abismo, al milagro desconocido de las libélulas que trazan los senderos ancestrales, páramos donde se mezcla todo lo humano con el ansia de vastedad, la sed incurable de toda esta inocente travesía pétalo colibrí. Nos situamos entre los silencios, porque ahora nada ha dejado de partir a tu lugar, nos ubicamos entre las paredes que murmuran el ahora sin dobleces para sentir directamente la transparencia de una nota, un pequeño cristal en gestación. Este microcosmos está vivo y vibra con el color de los insondables vaivenes que desde su trance mágico han dejado por fin de lado su latencia temerosa; esta cadencia se estira y está formando espirales con cada pulso que recibe el serpenteante sentido, esta armonía está hecha de ahora, está vestida sin horas, está perdida sin estarlo, porque está en medio del círculo final.

Ellas, tus hebras, son lámparas titilantes que cambian de lilas, jacintos y algodones amarillos, ellas suspiran entre pequeñas risas las escalas frutales que hacen de los duraznos frutos distintos a los que esperaría quien no quiso soltar sus amarras, sólo por temor a zozobrar. Ellas se separan para buscar una señal, se confunden caleidoscópicas y fractales con el ágape de los elementos, que como tímidos árboles fundidos con las estaciones, clavan su raíz en el hielo de las islas siderales que guardan sus moradas en la memoria labial. Los hilos son también como la marea tonal que se recoge en ofrenda al plenilunio, son prístinos e insolentes mientras marchan dentro de las profundidades para dar con el habitáculo donde mora la promesa.

Mientras por tu espalda siguen cayendo las hojas enloquecidas que reaccionan con lo incomprensible, el interminable sigilo de advertir lo que tu cuerpo hará con su luz sólo hace que la embriaguez de dos rayos multicolor se torne más consciente, más despierta e infinitamente real, como este cáliz inundado de misterio del que nos valemos para soñar una vez más nuestra partida, como el anhelo de la transparencia entramada con la otra realidad, como el silencio y todas sus conversaciones, todas las canciones, las risas y todos los juegos que traemos desde allá, con el propósito de reencontrarnos nuevamente para hacer del poema un cielo para andar.

Nada más que el simple estar aquí es lo que trasmuta muerte por vida, quien que abre las puertas del vacío hipnotizante del que decidimos hoy explorar. Es este aquí y aquí quien está lleno de luciérnagas y pechos abiertos, él es quien regala sorpresas y vértigos inaguantables, es quien sugiere a los oídos de la crisálida su tiempo de eclosionar. Hoy el miedo se ha quebrado para dejar entrar burbujas iridiscentes e inocentes carruseles de luz al rito crepuscular. El soplo revolotea entre nosotros, llena de líneas cada acorde, traspasa nuestro cuerpo y nos canta el arrullo que derrite invenciblemente al olvido para dejar correr libre al torrente por donde valiente nada el sueño boreal.

Friday, March 14, 2008

Líneas paralelas


Paralelo hacia donde vemos andar, camina quien nos vio también paralelo andar. Son dos líneas que cruzan las fisuras que han dejado los ciclos en la tierra por desnudarse en su encuentro con los elementos, son trazos que brillan entre ropas del ensueño los que logran dejar en medio del vahído un rastro intencionado, dirigido y guiado por saliva etérea, por el ansia del barro en zapatos de avenida insolente que acusa sin chistar a quienes se han acercado a responder el llamado que resuena como eco antiguo. En esta noche casi al alba, las ampolletas encendidas y los susurros esparcidos junto al aroma de la hierba mojada anuncian la presencia de otros y otras que han asistido al vacío innombrable de este abismo, a este ahora perpetuo que justo en su lugar, se ha hecho del silencio que antecede a la tormenta, al pálpito inevitable que nos convoca liberar. Cada presencia aquí es sigilo de lo abstracto que acecha cada mirada y que traspasa con su voluntad el sabor metálico del enfrentamiento, cada mirada hace que el silbido del viento se divida y tome el color del mito predilecto, del sumergido grito que ya resplandece por desenterrar la realidad perdida; cada sueño aquí presente es metáfora de partida que desmonta capa por capa la sensación en bruto hasta hallar su espíritu primigenio: ¡Quién más que el vértigo implacable como acompañante a la hora de darnos a lo insondable?.

Paralelo es este concierto de vidas separadas donde andamos recolectando salidas, es este teatro inmolado por la experiencia del olvido, paralelo es como la necedad creciente y el recogimiento del animal místico que ya no vive para contemplar la comunión con el universo y disfrutar del jardín infinito, sino que sólo lo hace para alimentar la duda que se ha hecho una puta rutinaria que aleja a hombres y mujeres amarrándolos con fuerza a los objetos, a la adicción por las emociones de segunda mano y a la sed insaciable que provoca el vórtice de un mundo lleno de confusión y desidia. Ver no sólo es signo para su contemplación, sino que también es la responsabilidad de hacernos cargo de lo percibido y lo aún por percibir, es la univocidad al gesto del universo que sigue dando vueltas a su rueda en el vaivén gemelo de su ciclo.

Aunque paralelos también sigan los temores que aún acompañan el camino, aunque sigamos cargando innecesarios lastres y miserias disfrazadas a convicciones inexistentes, el tiempo para la libertad sigue siendo ahora; aunque permanezca el temor del desarroparse y la frustración en el semblante, continúa siendo este el ahora para dejar que la nada haga y deshaga con el cuerpo, para permitir que la otra sintaxis estire y agujeree, que amolde y recombine, que rasgue y vuelva a unir. La realidad es sutil, es dejar para abrazar, es querer dejar de entender para entender, es desvincularse del engaño y escondrijo que genera la mente para desarraigarse de la ilusión que hace entender como existencia segura a una vida desafectada del riesgo y el vértigo, a una vida aferrada a lo conocido y lo falsamente familiar, porque lo verdaderamente familiar nunca ha fusionado con la comodidad del desapercibimiento, ni tampoco con el escape ileso y falazmente indoloro del pensamiento que suplanta la realidad y que simula absurdamente evadir los certeros golpes de la regla.

Lo familiar somos nosotros anunciando el precipicio, es el presente crudo y sincero en los ojos de quien también busca acordar, es la visión que quema por dentro y que al mismo tiempo convive con las luchas que se urden paralelas a nuestro anhelo de hallarnos. Lo familiar es hoy la soledad que limita con la locura del caleidoscopio, es el amor intransable al propósito que lastima cuando lo debe hacer, es el rostro que ríe por haber creído que conocer el camino es igual a recorrerlo, lo familiar sigue siendo la memoria de los sentidos despiertos a cumplir su cometido, son las líneas paralelas que nos desplazan sin importarles que creamos o no saberlo.

Tuesday, December 25, 2007

El vértigo es una corazonada, una tonada de la hermana muerte


La música se viste de silencio, se enjuga entre las calles como la vertiente que brota con la misma esencia de intensidad, el mismo intento, el mismo misterio que fue el brillo ambarino de aquel momento de arrojo y que es brillo desafiante también de este tiempo sin lugar, de este practicar el despojo de lo personal, de esta insolencia de encontrar el lenguaje del cuerpo con los ojos aún borrosos, para develar lo que haya que descubrir, para despertar lo que haya que librar, aunque sólo se tengan en las manos migajas y miserias, aunque se tenga nada y tenga que sajarse la memoria incompleta para dejarlo todo una vez más, para aventar hacia lo vasto todo lo que tenga que partir, todo lo que deba despedirse, toda la pena, los secretos que desvelan, los balancines que a veces duelen tanto, las guaridas que preparan sus juegos bajo la tierra, todo para nadie, para luego hacernos de una inmersión desatendida y solitaria, animada por un remolino siempre sediento de cuerpos y naguales.

Desde el momento en que los rayos de sol apuntan mezclados con la sonrisa de los cerros el este hasta que se despiden besando con apasionada muerte al mar, la música es sólo silencio y soledad. Lo es así porque sólo aguarda su grieta destellante para saltar en ella y arrancar las esferas que emanan la vida entre las malezas, porque ella puede ver, ella hace vislumbrarnos en un precipicio de arrojos serenos y sin historia, hace nuestra la posibilidad de de hacer posible el vergel tras el espejismo, el canto de las alas oscuras que se baten despidiendo la saliva consciente y fulgurante que nos hace nadar. Talvez nunca pueda contener la explicación del verbo porque sea tan inasible como la acción, el inmanente que contiene el presagio y la corazonada.

Ella nunca quiere expelerla a través del mecanismo y la convención, mariposea en el ombligo, es desafiante y toma sus propias riendas y calla, golpetea el estómago hasta hacer exprimir la última gota de experiencia. Contempla desde la semioscuridad desde el filo de las piezas, que aún en bruto cambian de posición de vez en vez contrastando los platos servidos de inevitable, el condimento que hierve acechando las fibras que se rozan entre los arbustos de cualquier estar, entre las emociones que ahora somos capaces de desatar, esos pulsos del que ahora estamos desatormentándonos. La mayor parte del tiempo, la música es tanto quebrarse infinitamente para hacerse de un propósito que extrañamente también es un choque con la suavidad y la textura, una implosión entre dos límites que alguna vez parecieron solo soñados e infranqueables.

Pero ahora estamos aquí, la manifestación de lo abstracto que llegó esa vez junto a la presencia oculta de una sombra gemela ha traspasado la pared. La imagen antigua que con forma de niño asustado miraba a la gente hacer, sólo hacer, ha logrado el supuesto imposible de madurar en la nada; sólo en su empeño de abrir por vez primera sus sentidos para el zanjar el aire de aquí junto otro aquí, ha logrado escuchar su corazón, su ser que respira. Ahora no queda justificación alguna para el lugar más lejano, para convertir la historia en piedras encendidas que al ser vistas desde la distancia, conformen las inscripciones que antes inertes desconocían que en sus manos empuñaban esas amadas espinas, pero que hoy hermanas de la muerte, son pilares de la responsabilidad y la risa, del ladrillo tras las melodías y locuras de quimeras, de las palabras y encantamientos que de tanto milagro como realidad y excusa, han calzado perfectamente en el diseño de nuestra partida; también de las certeras anécdotas que aún no vivimos y que resuenan como elásticos que al estirarse hacia nuevos horizontes van fijando nuevas estaciones del conocimiento que se alejan más y más de los resabios de las viejas canciones, para adentrarse más en la entraña, para lograr la contorsión que descubra que entre corazonada y corazonada hay peregrinaciones hacia la nada que entre cicatrices, tristezas, soledades y anhelos esconden un soplo que acuerda silenciosamente sus tonadas de muerte y liberación.

Friday, November 16, 2007

El regalo de los inexistentes


Puedo comenzar a hablar de los miedos, de todos los inexistentes carteles fantasmagóricos que he puesto sobre mi cabeza con el afán de justificar la absurda compasión que siento al no cumplir al pie de la letra la imaginería, la tarea que actualmente me han propuesto las imágenes mentales que sigo creando en esta excéntrica doble personalidad . Ahora también lo hago, y tal vez sea la mayor locura y desfachatez el ofrecerles esta miseria, pero creo que ya he dejado de estar moralmente cuerdo para poder evitarlo. Lo siento, ya es tarde.

Ellos, los hijos de la cobardía, son los escondites que me asolan de tiempo en tiempo para vender su tranquilidad, pasividad que la mayoría de las veces acepto, creyendo desde la fama inocente que palpa el aire (jurando de guatas diríamos aquí), que esta es una verdadera preparación para combate. Como en distorsionada imaginación llego a creer y vivir esta tranquilidad (sólo para mi mismo), ellos se acercan poco a poco para dar sus correspondientes premios y ofrendas a la nueva capa de realidad: ellos golpean suavemente mi espalda y consuelan mi pena haciéndome sentar en un cine a ver la película que habla del guerrero que se desgarra en su camino. Mientras proyecto las acciones del personaje, mi mente se siente comprendida y disfruta la historia como si la viviera en carne propia. Cree vivirla, y es más, hasta es capaz de planear concienzudamente la celebración del triunfo en conjunto con los vencedores. Este es el verdadero descaro.
Para entonces, mis ojos cerrados ya se han emocionado por haber comulgado con los personajes, con los héroes que hablan de sus logros y hazañas. No se equivoquen, los ojos no se han cerrado por la emoción, sino que lo estuvieron mucho antes de asentarse en su propia escapatoria, en otras palabras, su desnudo temor.
En verdad no he vivido nada, únicamente la entereza de juzgar mi propia ceguera, y si es que soy un héroe, sólo sería el de las espadas de papel y el de los ahogados delirios de la invención; de no estar de frente a quien realidad soy, o la realidad de quien soy (¿quién realidad soy, qué busco al esconder mi cobardía?). Sólo soy el escondite y quien me asola es la voz aún temerosa que habla de salir, sólo eso soy capaz de buscar ahora.

Puedo también callar y dejar que hable solo el tiempo en que no estoy, cuando mis actos están más muertos que nunca y sólo son capaces de alcanzar tibiamente el movimiento falso y mecánico de alguien que se mueve sólo porque siguió la referencia de otro que hizo lo mismo. ¿Qué es lo mismo? ¿Quién es el mismo? ¿Qué es lo que hizo y por qué lo hizo? En verdad parece que nunca quise preguntarlo y eso no ha hecho más que doblegar la verdad escondida en toda esta de esta falsedad, agregar una capa más de tierra al refugio que crea el pavor a lo desconocido. No me queda más que acusarlo y denunciar todas las posibles locaciones futuras donde se pueda alojar, donde pueda escapar, porque ellos, los inexistentes, se meten como piedras bajo la piel cuando no los esperamos y también cuando lo estamos haciendo, cuando ignoramos su paso de costado entre los agujeros que no han sido aún llenados con un propósito inflexible.

Hablarles ahora del miedo y de las escapatorias no me hace más guerrero, este amor cobarde que no llega ni al amor ni a la historia no pretende ser la redención de su propia morbidez, no es nada más que la evocación de la verdadera batalla contra la expectativa, contra la ansiedad de encontrarme ya despierto y evitar así de alguna forma el paso aciago que hay entre el pie detrás de pie; lucho por disolver el apego en este presente que alumbra con su filo helado de rasgar una vez más, lucho porque no puede haber en estas letras más que un inexistente que sólo regala preguntas, un cuchillo sin filo para cortar uno por uno, o tal vez de una vez, todos los brazos que mi propia importancia ha urdido, esos brazos que he creado para esquivar los certeros golpes que la propia muerte asesta. Creo que hay que romperse cuantas veces sea necesario, es lo único que ahora me impulsa a no callar.

Wednesday, October 31, 2007

Puño menguante


Un lobo simplemente optó por acercarse, dejó su lugar que estaba a centímetros del sol, avanzó entre los huecos de la hierba y su cola se deshizo entre las antiguas inscripciones de un planeta en movimiento. Su cuerpo se sacudió telúricamente desde dentro hacia fuera, separando su imagen de su sombra. Sus garras recuperaron su puño menguante, sus ojos se transfiguraron en memorias arcanas y en gritos insaciables, sus pupilas en gotas oscuras talladas sobre propósitos que fueron como la piedra inamovible. Su piel se convirtió en metal cuando pudo verse andar desde dos lugares a la vez, y así, notó que su espíritu era como el aullido crepuscular, como un sueño de otra edad. Entonces calló y decidió, calló para darse irrevocablemente a una vida que sólo podía ser acompañada por su muerte, por una extensión del rayo que se le reveló una noche donde el un árbol sin voz le presentó una estalactita realidad.

Recorrió los recorridos entre el espacio pausado por la brecha que deja el pensamiento no pensado y la acción misma del ahora; giró el tiempo para desaparecer su historia dormida entre los cardos y los espinos que marcan la esclavitud con la que se llega a este mundo luego del pacto del olvido. Quiso desvanecer sus hilos y caer en el desierto, mover su soledad en el limbo de los recuerdos y los fantasmas. Condujo su voz semitransparente hasta la morada del cóndor para así saberse nunca importante, para saber llevarla una y otra vez a otro, para traspasar su pecho con el destello que deja el paso de un ave; nunca importante, siempre la sombra doble e invisible de un latido inflexible y sereno. Entonces caminó y puso su vista en los presentes que son como las líneas vibratorias de las islas, ciudades y reinos enteros situados sobre las partículas de infinito que viajan contraluz por un flujo de ser.


Evocación

Un arbusto regó sus turquesas sobre las espinas secas que esperaban su turno para beber de los respiros que se les ofrecen a los mensajeros del alba; una nube se contorneó y luego dobló por el sureste en dirección inversa a la copa de un árbol submarino que fue fosilizado por las eternas pinceladas de las estaciones. La nube volvió una vez que hizo su tarea y cuando su cola reapareció, la sangre brotó como una bandada carmesí, brotó porque lo quiso hacer. Transmutó en la sombra que subía, dejó su espada entre las piedras para convertir su muerte en una extensión de las marcas que trazó la cuerda líquida de un arpa; lanzó sus letras negras hacia el viento, las disparó dibujando truenos ascendentes y zarpazos arremolinados que buscaron la apertura umbilical.

Mientras la tierra callaba por no querer decir nada más, sus heridas y cicatrices le permitieron enfrentar una vez más a los presentes y las entelequias sobre una ilusión de la que nadie quiso creer. El misterio doblegó sus cartas sobre la mesa, siguió su cauce la incertidumbre y el papel se rasgó haciendo aparecer caídas, absurdos, trances y huidas; giros y ofrecimientos de detenerse ahí, justo en el lugar donde ya no hay vuelta atrás. Una voz le asegura que ya es suficiente caminar, que ya ha triunfado. Entonces él se detiene, la contempla con instinto por unos instantes y luego se despide sin decir más, avanza porque no ha sido él quien le aseguró que ya no hay triunfo mientras queden letras y batallas por lidiar, no ha sido él quien trazó los cuadros negros y blancos del tablero, no ha sido él, sino el soplo implacable de un comando de metáforas y mapas, que no es más que el reflejo de un árbol que se proyecta en nosotros cada vez que optamos por ver a través de la ilusión de la realidad.

Monday, October 01, 2007

Una mirada de vidas antiguas


La montaña tiene una serenidad que fue zanjada por el viento y las nubes que han dejado su espuma al pasar. En cada vislumbre que serpentea desde la danza de sus centinelas incansables, ella sumerge sus siglos en aniquiladoras y casi imperceptibles sacudidas que invitan al visitante a quitar cada una de las siete máscaras que lo esconden de su rayo final. Mientras la recorremos, algo de nosotros escudriña desde la absoluta sustancia que evoca el sabernos parte de la nada; alguna memoria removida se levanta para dirigirse hipnóticamente al reino de su entendimiento, hacia la comprensión del ciclo más antiguo de las emanaciones que traspasaron las capas del océano en el giro de la gran rueda. Ella responde al viajero abriendo sus brazos hacia un espacio de silencio que dibuja sus movimientos en el escenario del latido impersonal, ella pincela la mismidad arrolladora del absoluto desprendimiento de si, ella es la experiencia implacable que deja el lamento atrás, ella es la silueta del fulgor y las pasajeras espirales que lentamente se borran en el firmamento.

Sus mensajeros son la evidencia de lo que fue enterrado, encubierto y enjaulado por ceder libertad a cambio el olvido, ellos revelarán el pacto que alguna vez fue roto. Ellos son quienes surten el vértigo por donde su predilección los invite a cruzar, ellos erigen las marcas imborrables de su intento hacia la claridad; una y otra vez se levantan hasta alcanzarse a si mismos, para luego entonar una melodía que les recuerda que al llegar serán convertidos en otros. En el momento de ser, ellos tañeran las cuerdas y percutirán el cuero que sopla desde el viento solar hasta el pulso de las dos caras, harán el sonido y los movimientos de la matriz ancestral que fue tallada por los milenios. Llevarán consigo el choque y el florecimiento de los nuevos hilos caídos en el surco de mañana, rasgarán las cadenas para hacer vibrar el enlace que emerge desde lo desconocido para vestir el nuevo traje de la percepción. Los signos que marcaron el retorno de los vencidos estarán bañados a la hora en que se abre el portal de los planetas.

El sonido del viento hace callar la ilusión, y los elementos se disponen a la batalla profetizada por las luces y los guardianes del otro mundo; la nieve quema sus ofrendas frente a nosotros y se funde con este cuerpo que busca sus estrellas perdidas en el juego del olvido. Las certezas llueven como la greda fresca que se amolda al segundo de eternidad, al vaivén que es vivido por cada viajero en el horizonte del ombligo. El confín del lazo irrompible y el fractal de la figura de nuestro viaje definitivo tuerce la distancia de lo imposible, crea la realidad a través la insolencia permanente de romper las máscaras y dar con las esporas que fecundarán la sangre teñida por la línea de sentirnos una vez más uno. El confín del lazo irrompible es el arrebol que pasa dibujando las constelaciones de nuestra presencia, y la rememoración de la voz silente es quien estira el tejido que también vive aquí; es quien expande permanentemente este fulgor de sombrillas interestelares en lugares que ahora nos dicen que ya no existe lugar.

La vida nos anuncia el abismo por donde se cuele la otra mirada, nos hace hallarnos en nuestra más antigua morada. Esta otra vida ya no nos permite respiro si no está presente la batalla que constantemente debate a este cuerpo entre dos lugares, entre dos realidades que aparecen y desaparecen como proyecciones gemelas y semitransparentes de un recuerdo aún por materializar. La incertidumbre nunca se hizo tan amiga de la certeza, nunca se hizo tan verbo del ahora, de este regalo que la montaña nos dejó tras renunciar a las anclas del otoño por el impostergable anhelo de encontrarnos a las puertas de un destino sin retorno. Tal vez, nunca quisimos volver la vista hacia atrás y nos faltaba valentía para reconocerlo, nos faltaba saber que hacia tiempo habíamos desaparecido al despedirse el líquido sol.