
En cada latido del viajero se presiente el gesto del infinito, un momento donde el soplo del vacío deja una puerta semiabierta para dejarnos entrever una apertura, una grieta donde la mudez implacable nos permite escuchar una voz vaporosa con silueta de anhelo presente en la memoria del cuerpo desde nuestra gestación, una voz con poder de desdoblar el pensamiento y envolverlo en un halo de misterio; un tenue susurro que brilla en las profundidades y que abotona nuestros recuerdos como cuentas que caen sobre el agua, creando un ritmo de abismo que crece hasta en música desconocida e impersonal; poesía extraña y surreal, pero siempre reconocible como parte nuestra. Inocencia, trasgresión, secreto y locura son nombres que tal vez resonaron junto a esta música, nombres que junto a otros se disuelven para unirse al sigilo de un sueño que fue tejiendo pacientemente la certeza de lo que en un principio fue sólo un algo, una idea lejana que al desenterrarse se fue convirtiendo en la voluntad metamorfoseada, en los signos de vida que ahora apuntalan el toque de lo abstracto en cada una de nuestras células. De ahí la naturaleza que nos evoca inexorablemente a salir desde adentro para ver serenamente a través de los mismos ojos del infinito.
Esta bitácora quiere más que este torpe empeño de estirar fibras y este montón de palabras lidiando con el azar, busca engancharse en las líneas del mundo y desplazarse por ellas hasta llegar a los umbrales del corazón. Busca pulsar la memoria olvidada, tocar la piel de viajero, la que a veces escondida, teme salir hacia el sol para dar con su propósito. Busca romper las certezas, despojarse de las imágenes anquilosadas y las proyecciones fantasmagóricas que nacen de aferrar el miedo y lo personal; busca ser nada, dejarse andar por la liviandad de reírse de si misma; fluir y respirar cada segundo en la más sencilla libertad.
Son las palabras que logran hacerse una con el movimiento, son los latidos del viajero, lo que sale desde estos dedos, lo que está dentro de ellos, lo que los empuja, son los signos de partida que brotan como el otoño que quiere hacerse primavera, como el canto que cruza los puentes y se hace cómplice del crepúsculo; son los signos de partida los que se sientan junto a nosotros a tomar el te, los que vieron darle nuestras hebras a la tierra para hacer crecer el amor a lo insondable, los que vaciaron nuestros bolsillos llevándose lo innecesario; los mismos que sin solemnidad alguna acompañan hoy esta despedida. Nos vemos.

















