




Un comienzo nunca es el verdadero inicio, se parece más a las marcas en el camino, al brillo de las cicatrices que quedan mientras nos encontramos.
Reconocemos el inicio de algo nuevo en nuestra vida cuando una explosión de energía palpable y visible a nuestros sentidos se dirige directamente a nosotros y nos habla -en el lenguaje de cada cuerpo que habitamos- sobre una transformación. Esta explosión nos hace saber de algo distinto, y en cada una de las muchas formas en que se manifiesta nos recuerda, mediante señales, que estamos caminando, que somos parte del misterio de la vida y que estamos aquí tratando de averiguarlo.
La invitación está abierta, salgamos a caminar.
Elías.


Un aroma irremediablemente familiar hace cambiar la estructura de lo que antes era comprendido como fragor desierto, nos sentimos otros y un aliento texturado por auroras iridiscentes despierta las entrañas y remueve las hojas pegadas de un libro en desuso. Un anaquel tan lleno de significado y tan perdido por causa de aparentes siglos de emociones sedientas y pensamientos de combustión rápida y digestión lenta aparece sin capricho alguno sobre la vista de la partida. Un cerrar los ojos nada más, un breve chasquido de los dedos de mimbre para comprimir la experiencia en una microcósmica esfera de vida, en un arte de volantines que aparece oscuro y desafiante en un principio, pero que el temblor y precipicio lo olvidan desnudando todo concierto para denostar el abanico de mareas subyacentes que no tuvieron oportunidad distinta a la de dirigirse silenciosamente al corazón de la elegida soledad de las dimensiones. No la tuvieron razón del azar, su receptáculo vaciado de sentidos y direcciones fantasmas ya no permitía opciones diferentes a la de hacer y seguir el pálpito de nadie y hacer nuevamente juego de las flexiones. ¿Acaso alguna vez no fue familiar?
Ahora estamos ahí mismo, tan aquí como aquí.
Entrañable melodía


Paralelo es este concierto de vidas separadas donde andamos recolectando salidas, es este teatro inmolado por la experiencia del olvido, paralelo es como la necedad creciente y el recogimiento del animal místico que ya no vive para contemplar la comunión con el universo y disfrutar del jardín infinito, sino que sólo lo hace para alimentar la duda que se ha hecho una puta rutinaria que aleja a hombres y mujeres amarrándolos con fuerza a los objetos, a la adicción por las emociones de segunda mano y a la sed insaciable que provoca el vórtice de un mundo lleno de confusión y desidia. Ver no sólo es signo para su contemplación, sino que también es la responsabilidad de hacernos cargo de lo percibido y lo aún por percibir, es la univocidad al gesto del universo que sigue dando vueltas a su rueda en el vaivén gemelo de su ciclo.
Aunque paralelos también sigan los temores que aún acompañan el camino, aunque sigamos cargando innecesarios lastres y miserias disfrazadas a convicciones inexistentes, el tiempo para la libertad sigue siendo ahora; aunque permanezca el temor del desarroparse y la frustración en el semblante, continúa siendo este el ahora para dejar que la nada haga y deshaga con el cuerpo, para permitir que la otra sintaxis estire y agujeree, que amolde y recombine, que rasgue y vuelva a unir. La realidad es sutil, es dejar para abrazar, es querer dejar de entender para entender, es desvincularse del engaño y escondrijo que genera la mente para desarraigarse de la ilusión que hace entender como existencia segura a una vida desafectada del riesgo y el vértigo, a una vida aferrada a lo conocido y lo falsamente familiar, porque lo verdaderamente familiar nunca ha fusionado con la comodidad del desapercibimiento, ni tampoco con el escape ileso y falazmente indoloro del pensamiento que suplanta la realidad y que simula absurdamente evadir los certeros golpes de la regla.
Lo familiar somos nosotros anunciando el precipicio, es el presente crudo y sincero en los ojos de quien también busca acordar, es la visión que quema por dentro y que al mismo tiempo convive con las luchas que se urden paralelas a nuestro anhelo de hallarnos. Lo familiar es hoy la soledad que limita con la locura del caleidoscopio, es el amor intransable al propósito que lastima cuando lo debe hacer, es el rostro que ríe por haber creído que conocer el camino es igual a recorrerlo, lo familiar sigue siendo la memoria de los sentidos despiertos a cumplir su cometido, son las líneas paralelas que nos desplazan sin importarles que creamos o no saberlo.
Desde el momento en que los rayos de sol apuntan mezclados con la sonrisa de los cerros el este hasta que se despiden besando con apasionada muerte al mar, la música es sólo silencio y soledad. Lo es así porque sólo aguarda su grieta destellante para saltar en ella y arrancar las esferas que emanan la vida entre las malezas, porque ella puede ver, ella hace vislumbrarnos en un precipicio de arrojos serenos y sin historia, hace nuestra la posibilidad de de hacer posible el vergel tras el espejismo, el canto de las alas oscuras que se baten despidiendo la saliva consciente y fulgurante que nos hace nadar. Talvez nunca pueda contener la explicación del verbo porque sea tan inasible como la acción, el inmanente que contiene el presagio y la corazonada.
Ella nunca quiere expelerla a través del mecanismo y la convención, mariposea en el ombligo, es desafiante y toma sus propias riendas y calla, golpetea el estómago hasta hacer exprimir la última gota de experiencia. Contempla desde la semioscuridad desde el filo de las piezas, que aún en bruto cambian de posición de vez en vez contrastando los platos servidos de inevitable, el condimento que hierve acechando las fibras que se rozan entre los arbustos de cualquier estar, entre las emociones que ahora somos capaces de desatar, esos pulsos del que ahora estamos desatormentándonos. La mayor parte del tiempo, la música es tanto quebrarse infinitamente para hacerse de un propósito que extrañamente también es un choque con la suavidad y la textura, una implosión entre dos límites que alguna vez parecieron solo soñados e infranqueables.
Pero ahora estamos aquí, la manifestación de lo abstracto que llegó esa vez junto a la presencia oculta de una sombra gemela ha traspasado la pared. La imagen antigua que con forma de niño asustado miraba a la gente hacer, sólo hacer, ha logrado el supuesto imposible de madurar en la nada; sólo en su empeño de abrir por vez primera sus sentidos para el zanjar el aire de aquí junto otro aquí, ha logrado escuchar su corazón, su ser que respira. Ahora no queda justificación alguna para el lugar más lejano, para convertir la historia en piedras encendidas que al ser vistas desde la distancia, conformen las inscripciones que antes inertes desconocían que en sus manos empuñaban esas amadas espinas, pero que hoy hermanas de la muerte, son pilares de la responsabilidad y la risa, del ladrillo tras las melodías y locuras de quimeras, de las palabras y encantamientos que de tanto milagro como realidad y excusa, han calzado perfectamente en el diseño de nuestra partida; también de las certeras anécdotas que aún no vivimos y que resuenan como elásticos que al estirarse hacia nuevos horizontes van fijando nuevas estaciones del conocimiento que se alejan más y más de los resabios de las viejas canciones, para adentrarse más en la entraña, para lograr la contorsión que descubra que entre corazonada y corazonada hay peregrinaciones hacia la nada que entre cicatrices, tristezas, soledades y anhelos esconden un soplo que acuerda silenciosamente sus tonadas de muerte y liberación.


Un lobo simplemente optó por acercarse, dejó su lugar que estaba a centímetros del sol, avanzó entre los huecos de la hierba y su cola se deshizo entre las antiguas inscripciones de un planeta en movimiento. Su cuerpo se sacudió telúricamente desde dentro hacia fuera, separando su imagen de su sombra. Sus garras recuperaron su puño menguante, sus ojos se transfiguraron en memorias arcanas y en gritos insaciables, sus pupilas en gotas oscuras talladas sobre propósitos que fueron como la piedra inamovible. Su piel se convirtió en metal cuando pudo verse andar desde dos lugares a la vez, y así, notó que su espíritu era como el aullido crepuscular, como un sueño de otra edad. Entonces calló y decidió, calló para darse irrevocablemente a una vida que sólo podía ser acompañada por su muerte, por una extensión del rayo que se le reveló una noche donde el un árbol sin voz le presentó una estalactita realidad.
Recorrió los recorridos entre el espacio pausado por la brecha que deja el pensamiento no pensado y la acción misma del ahora; giró el tiempo para desaparecer su historia dormida entre los cardos y los espinos que marcan la esclavitud con la que se llega a este mundo luego del pacto del olvido. Quiso desvanecer sus hilos y caer en el desierto, mover su soledad en el limbo de los recuerdos y los fantasmas. Condujo su voz semitransparente hasta la morada del cóndor para así saberse nunca importante, para saber llevarla una y otra vez a otro, para traspasar su pecho con el destello que deja el paso de un ave; nunca importante, siempre la sombra doble e invisible de un latido inflexible y sereno. Entonces caminó y puso su vista en los presentes que son como las líneas vibratorias de las islas, ciudades y reinos enteros situados sobre las partículas de infinito que viajan contraluz por un flujo de ser.
Evocación
Un arbusto regó sus turquesas sobre las espinas secas que esperaban su turno para beber de los respiros que se les ofrecen a los mensajeros del alba; una nube se contorneó y luego dobló por el sureste en dirección inversa a la copa de un árbol submarino que fue fosilizado por las eternas pinceladas de las estaciones. La nube volvió una vez que hizo su tarea y cuando su cola reapareció, la sangre brotó como una bandada carmesí, brotó porque lo quiso hacer. Transmutó en la sombra que subía, dejó su espada entre las piedras para convertir su muerte en una extensión de las marcas que trazó la cuerda líquida de un arpa; lanzó sus letras negras hacia el viento, las disparó dibujando truenos ascendentes y zarpazos arremolinados que buscaron la apertura umbilical.
Mientras la tierra callaba por no querer decir nada más, sus heridas y cicatrices le permitieron enfrentar una vez más a los presentes y las entelequias sobre una ilusión de la que nadie quiso creer. El misterio doblegó sus cartas sobre la mesa, siguió su cauce la incertidumbre y el papel se rasgó haciendo aparecer caídas, absurdos, trances y huidas; giros y ofrecimientos de detenerse ahí, justo en el lugar donde ya no hay vuelta atrás. Una voz le asegura que ya es suficiente caminar, que ya ha triunfado. Entonces él se detiene, la contempla con instinto por unos instantes y luego se despide sin decir más, avanza porque no ha sido él quien le aseguró que ya no hay triunfo mientras queden letras y batallas por lidiar, no ha sido él quien trazó los cuadros negros y blancos del tablero, no ha sido él, sino el soplo implacable de un comando de metáforas y mapas, que no es más que el reflejo de un árbol que se proyecta en nosotros cada vez que optamos por ver a través de la ilusión de la realidad.

La muerte transfigura en vida, la vida transfigura en amor

En la vida de un guerrero hay luces que son las pasajeras, hay emanaciones del códice humano que son leídas y traducidas desde el idioma de la predilección, cualquiera este sea. Son destellos fulgurantes que toman prestada la figura de la paloma y el zorzal para acarrear mensajes y momentos de una memoria que parece no ser nuestra. Estas luces son las pasajeras de un tren fantasma, son los siseos del espectador de la misma vida, son los mensajeros de los sueños que mientras pasan vestidos con la pasión del movimiento, hallan el secreto del rayo marfil que desencadena el acomodador. La luz gira y se contorsiona, vibra, se alarga y se empequeñece cada vez que es estimulada por los matices y sus semblantes.
En la vida de un guerrero hay luces imperecederas que permanecen por siempre en el corazón del caminante, ellas son los trazos interminables del ámbar que se aprestan desde lo inasible hasta convertirse en comandos de vuelo; aunque sólo las podemos conocer desde su efecto en la experiencia, las comprendemos como las constelaciones, como las cascadas de eterna caída que riegan de claridad abismo, como las directrices abstractas que conducen la partida. Estas luces son la línea férrea del tren fantasma, son los pilares del fuego sin edad que percuten constantemente en el avance del cuerpo y acompañan inmanentemente al caminante que ofreció su batalla al ser impersonal.
Hoy, las pasajeras se han entrelazado con las inmortales para adentrarse en lo desconocido. Decidieron unir un instante sus destinos para descubrir con dos manos manto que protege el libro, para mostrar que en infinito hay espacio guardado para el encuentro y la verdadera experiencia del amor, ese amor sereno y desprendido que es también la libertad del cuerpo viajero, ese flujo de vida que recorre cada esquina, cada hogar y cada alineamiento posible entre los pasajes del andar.
Dos ríos convergen en el centro de la nada.
Dos puentes tendidos en las ondas dejadas por un grano de azúcar caído en una taza de café expulsan claridad. No saben porqué, ya no se preguntan por qué. Son los puentes y la fibra nerviosa del viajante.
Dos miradas caen en un abismo de memoria infinita por haber trascendido el propósito y el anhelo de partir; cuatro miradas son una frase que refleja cada lenguaje en un solo lugar.
El anhelo avienta a las dos líneas ascendentes, que en forma helicoidal figuran el mapa del encuentro.
El amor es doble, es la realidad que el miedo es incapaz de detener, es el beso inefable de la quimera siguiendo fotografías dejadas en el ayer, ese cáliz que ahora es presente sostenido.
El amor es el espacio entre las ruedas de una bicicleta antigua que gira sobre los colores crepusculares, que flota sobre las nubes descubriendo la simpleza de la oración.
Hoy has venido a dejar la cadencia de tu voz, has venido sólo para dejar la mirada que tiene el color de las dos luces. Antes de que te llevaran, has dejado una fotografía viva de la piel convertida en la imagen canela de la completitud. Quiero que sepas que también estuve allí, y que mientras los pliegues de la máquina del tiempo se fueron alejando lentamente, fui atesorando ese intento transparente que perfumaste al venir, esa textura que renace y que se envuelve con seda cristalina cada vez que avanzamos un paso más para llegar a nuestro reencuentro.
Para transfigurar, algo debe morir en este cuerpo, algo debe separarse definitivamente para descubrir su unidad esencial, su unidad de vida. Has dejado las huellas en acción.

Lo otro es lo que es.
Jeremías observa con detención las hebras, y con la expresión sanadora de sus miradas traídas del ensueño, las endereza en estrategia transparente, brinda carácter y acción a cada signo de la vivencia aprehendida y transformada en conocimiento de caminante; toma cada letra y la da vuelta, para luego sacudirla y extraer toda arena dejada en los imperceptibles pliegues por descuido. Inspira con profundidad y talante, pareciese tomar el aire y las burbujas presentes para llenarlas de intento, de la inflexibilidad templada tras las huellas y huellas que han dejado sus pasos, que han recogido los años y las batallas de las que han brotado líneas interminables de sabiduría.
Daniel está sentado tocando la guitarra, pareciese estar en otro lugar, probablemente cruzando otros puentes y matices de lo incógnito, surcando capas y densidades para luego volver y tejer los acordes de su predilección. Sus notas son nostálgicas y viajeras, llenas hasta el borde de una sed incurable de lo otro, son rayos abstractos que a gran velocidad transportan la percepción hacia linderos insospechados; son idas y vueltas a velocidad luz, que en sus ondulaciones y celeridades van llenando el cuerpo con la experiencia del vacío, con la vivencia que en el oído se incrusta como astilla profunda, para luego dejarla caer en el lugar más lejano de la entraña.
Daniel viajó a otro lugar, y con la voz inspirada de sus cuerdas lejanas y sumergidas, nos evocó la imagen del encuentro, nos situó y nos dispuso en el lugar, bajo el abismante susurro de la montaña que aguarda siempre calma el encuentro con ella.
El paso es rasgar el velo que nos separa de la realidad, el paso es la experiencia, es el lindero de las simplezas que se recogen como los pétalos del ciruelo que danzan en el aire, que expiran y exploran eternamente la profundidad siempre nueva de la montaña, ese sabio laberinto que ha permitido que los siglos estelares pasen por ella y la transformen una y otra vez en nacimiento y aprendizaje.

Estiro los brazos para abrir una ventana que ya fue antes abierta. ¿Cómo lo supe? vi a mi mano izquierda hacerlo una vez: fue en el mismo momento antiguo que parecía perdido, en el espacio que se volvía grande y yo pequeño, donde las paredes eran de agua y sus colores se combinaban solos. Ahora me acuerdo, me vuelvo a ensamblar.
Estiro también mi vista y esta se aplana eternamente. Para entonces ya se arruman al rito otros movimientos que también son expelidos por la garganta del águila: corrientes de superfilamentos que allá afuera parecen volantinas flotando en la negrura, formas sin forma, recipientes transparentes de líquido oscuro, túneles y túneles amantes del abismo, partículas que se contraen y expanden a contraluz. Mis ojos se agrandan y se funden con la línea que divide los mundos. Y todo se torna de una vez en absoluta claridad: las estrellas son moradas que hipnotizan los caminos con las fragancias y puntos que vienen desde el arrebol, las estrellas son hogares y manantiales, son paisajes abiertos por mi mano derecha, que ahora sostiene una línea de luz parecida a una vara de coligue incandescente aún está empolvada por efecto del raco. Ella se pasea cada noche en este lugar, está aquí y más allá de lo conocido; ambosbrillamos, todos brillamos.

Cuando escribo palabras acompañadas por la soledad más cómplice de todas, ella es la acompañante perfecta de un guerrero: un amasijo de cuerdas y tendones ligamentados a la reminiscencia de todos quienes han sido y han batallado por ser otros, todos quienes se extendieron a través del cosmos jugando a desenlazar una mirada desterrada en la pupila de otra, y que desenvainaron sus espadas a la luz de una empresa imposible; todos quienes sólo con elementos casi olvidados de un mapa y con armas y herramientas rudimentarias en sus manos, escarbaron siglos y milenios para así descubrir los vórtices de viaje olvidado, descubrir la nada, y descubrir que en ella existía una otra vida, una posibilidad de tener una posibilidad.
Cuando la soledad llena el espacio ahuecado por la recapitulación, ella se apodera del cuerpo y tatúa millones de banderas con el signo de un ave en su centro, graba mensajes para ser revelados en el sueño y también en gestos y movimientos de otros. Los graba para que en momentos de duda, arena y confusión, las aves revoloteen muy cerca de los sentidos, llevándolos sobre la niebla donde se asoman las emanaciones de un castillo sideral. Ella se funde cada vez más conmigo y me transforma en quien soy.
De pronto, un sonido metálico, dulce y resonante, nos transporta a un jardín transparente del espiral espacio-tiempo. Estamos todos, nos recuerdo a todos en aquel lugar.

Una cueva sin edad aparece desde un punto en el horizonte. Una línea se tensa desde mi ombligo y se estira para alcanzar su borde. No se si viajo hacia ella o es ella quien llega hacia el aquí. Estoy en la entrada, giro hacia atrás y veo un punto de donde nace una cuerda. No se si viajo hacia ella o es ella quien llega hacia el aquí. Estoy dentro de la cueva y fuera de ella.
Extrañas inscripciones parecen tener voz propia, un lenguaje semi-corpóreo sume los pensamientos en un estanque de espejos negros, en un charco de tierra respirante, en un antiguo vaso de greda. Me transportan sostenidas por el vértigo, dejo de estar. Regreso sin regresar. Ahora soy quien dibuja esas incripciones; balbuceo cánticos inentendibles para cada símbolo inscrito. Las horas pasan, los días pasan y la piedra cambia de color. Regreso sin regresar.
Estalactitas que huelen a vacío se sumergen en un escenario opuesto, un vórtice amatista transporta el pensamiento hacia el momento de la gestación, de la eclosión cósmica del misterio, nos llevan al instante en que el planeta florecía sin cesar dejando surcos y mapas para ser leídos en algún tiempo, al espacio silente donde la humanidad era sólo sueño y latido de los ríos de roca en estado líquido, de los soles errantes rejuvenecidos por un quiebre del lugar y de las mareas que guardan celosas el pulso del universo.
No existo en vida propia, sólo estoy presente como un recuerdo del futuro, como proyección tridimensional que gira sobre la cresta de una ola inminente en el oscuro mar de la conciencia. Estoy presente porque alguien acuerda, alguien tañe los incontables filamentos que tejen el velo de la inmensidad, alguien marca los pasos en golpes gemelos de un tambor, dibujando espirales en un ritmo multisensorial que condensa todo el infinito en su un ciclo vital. No existo en vida propia, sólo presente como invisibles palabras desde el humo.
Pienso en lo invisible, en la separación de las palabras de quien las evoca, en caminar con una niebla alrededor que sólo permita percibir sonidos y visiones presentes que reflejen un propósito. Ahora, en nosotros, sólo el resonar de un eco que regresa luego de un lejano choque estelar, sólo un tenue soplido en un comienzo, un pequeño molde intentando albergarse en un espacio vacío, un punto en la nada. Nos acercamos hacia él y logramos verlo con mayor claridad: no es un punto inerte, la figuración es una frecuencia vibratoria que se mueve delante de nuestros ojos. Ahora todos podemos verla, y sin acuerdo racional alguno, confirmamos su presencia. Es su significado lo inmanente, es la sensación que toma la forma predilecta de cada filamento que nos acompaña.
Pienso en lo invisible y las heridas de nuestro camino, lágrimas metamorfoseadas en firmamento. Los puentes en el cielo, los paisajes de Ixtlán, todo el aprendizaje que da forma a esta, hasta el hoy, embarcación aún incompleta. Percibimos y también nos preguntamos: ¿De qué embarcación hablamos?,¿Cómo sabemos de su incompletitud?, ¿De dónde nace esta extraña certeza de unidad y de viaje?. Son preguntas sin respuestas para la antigua sintaxis, sólo lineamientos cimentados en un pliegue creado desde esta tercera dimensión; para alguna otra sintaxis, una ruta grabada en nosotros desde tiempos inmemoriales, codificada de manera críptica y delirante. Un mapa que sólo desde la nada puede ser descifrado, una guía de viaje resguardada en la metáfora, seguramente escondida de la negrura que comenzó a acechar en la antiguedad. Es la embarcación un rompecabezas de este cuerpo-mapa puesto al cuidado del silencio en el interior de un grupo...
Caen las líneas desde el lado izquierdo y se acaba el tiempo en este hoy. Una vez más, un aire de esperanza baña nuestra partida, en este palpitar, una helada ráfaga de intento y de miradas que regresan a su planeta natal.


Algo se sentía en el aire, el estómago era quien lo descubría a cada instante, algo empujaba hacia adentro y después de una breve espera, lo expulsaba. Era un infinito golpeando cada una de las puertas, un cuerpo estirando su fibra aletargada por años, era sentido que se estira, masa que desdobla preparando un caminar, un tejido de cruces sobre el mar, un escenario azul oscuro, dispuesto por eternas habitaciones separadas por incontables líneas paralelas; un principio y fin hablando sobre ruedas, transformando las palabras en un mapa, un comando de volar. A esas alturas el tiempo había dejado de existir, y la nieve, las ventanas empañadas y un lejano sonido eran lo único que quedaba.
Los tres guardábamos silencio mientras el andar del auto seguía siendo excusa para la experiencia, era un silencio de esos sagrados que comunican sin parar: necesitaba solamente de que calláramos para decir lo que tenía que decir. Y lo dijo, habló con autoridad de lo que se puede y no se puede hablar, habló de nuestras tareas, de construir; hablo de portales por cruzar, otros por llegar. Entonces el sonido acabó, se borró la nieve y la ventana se derritió. Después de una pausa inentendible, todo regresó junto al tiempo y los sentidos, que volvieron a ser comprensibles y constantes.
Volvió el habla cotidiana y el mundo de los fantasmas que la protagonizan, volvimos en la risa, acodándonos cuando ojos amarillos hizo el gran papel de su vida al comentarnos que éramos lo más bello que le había pasado en su vida.
-Tan bello que se cagó en los pantalones antes de elegir, dijo Jeremías con su siempre punzante ironía.
-Bien cagado el mamón, agregó el Pana.
Entonces reímos, reímos con tristeza y soledad, reímos por todos los ojos amarillos que pasaron y quedaron atrás, reímos porque no nos quedaba nada más. Hacía frío, como hace frío aquí en los días despejados de invierno, pero esta es sólo una excusa, una excusa tan igual como andar sobre una ruta hacia ninguna parte.